SALITRE

Silvia Lermo

Del 5 al 31 de mayo 2018

 

Si te acercas mucho podrás ver unos pequeños grumos, como pequeños bultitos que sobresalen del papel que Silvia utiliza para sus acuarelas y dibujos a lápiz. 

Si te acercas mucho podrás oír el sonido del mar y podrás sentir ese viento que se agita en Cádiz, ese viento que trae arena y sal. Los dibujos de Silvia son caracolas. 

Las paredes con salitre hablan. Son memoria que los hombres intentan tapar una y otra vez. Pero los recuerdos acaban floreciendo, acaban por poseerte. Algunos no saben qué hacer con esos recuerdos y les duele. 

Silvia ha encontrado en su pared los hombres con sombrero que dibujaba con su padre cuando era niña. Las montañas de sal donde trabajaba su abuelo. Como en un cuento de Adelaida García Morales, el sonido del acordeón tocado por el abuelo y el silencio lo impregnan todo. Y la sal. 

Sombreros que no quieren mojarse, la niña con el lápiz y el papel, mirando cómo surgen sus primeras figuras. Figuras del padre y el abuelo convertidas en chicos silenciosos que no miran de frente, miran al mar, notan la sal en sus ojos llorosos. Y nosotros los miramos y nos reconocemos. El hombre y el muchacho se reencuentran, se extrañan uno en el otro. Pero Silvia les da cobijo, les explica el uno al otro. 

¿Quién es quién en estos recuerdos? Eres tú misma, Silvia. No son tus recuerdos en sí, son nuevas experiencias. Y por lo tanto vida, pura vida. 

Todo es nuevo en tus dibujos y acuarelas. Todo es nuevo porque ya no es pérdida, es encuentro. Y llorar contra el viento una mañana agitada mientras suena un acordeón en tu cabeza será el principio del tiempo. 

Tu tiempo, Silvia, me gusta porque lo “llevas”, no lo “pasas”. “Los sábados papá y yo nos llevábamos toda la tarde dibujando”, me dices. Y ese giro tan bonito del lenguaje, ese llevar, es tu carga. Llevas el tiempo contigo. Lo llevarás siempre en tus pinceles y en tu lápiz. En tus papeles, que cada vez son más profundos y más intensos. Más puros. Pero la carga en ellos desaparece y sobreviene la obra de arte. Así como Proust lo llevaba en un sabor, tú lo llevas en el salitre. 

La sal lo va impregnando todo, la tarde y las horas. La madre te besa la frente y te sigue animando a seguir hacia delante. Ella que siempre ha estado a tu lado, ella que no es memoria. Ella es. Tú ahora coges la mochila y te vas, aunque siempre estarás con ella. Pues tu memoria es nueva todos los días, es arte. 

 

Guillermo Martín Bermejo

El Espinar. Abril 2018 

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